27 mar. 2014

¿Cuánta verdad necesita un hombre?

¿Cuánta verdad necesita un hombre?
¿Cuánta mentira?

Si todo hubiese sido de plástico desde que nacimos
¿hubiera tenido tanto sentido la vida?
¿Y si no nos hubieran contado aquellos cuentos  de pequeños?
¿Y si Los Reyes magos nunca hubieran existido?

¿A caso será por eso que siempre se salva
primero a los niños?
¿Para que no mueran los sueños
que nosotros ya perdimos?


¿Y si el campo a donde fueron cuando partieron
 el abuelo y el perro, hubiera sido desde el principio
 un frío cementerio?
¿Y si nunca hubiese habido magia?
¿O los finales felices? 

¿Y...si nos nos hubieran mentido?
¿Hubiésemos, igual, querido aceptar crecer y soportar este mundo?




Si seguimos creyendo, ¿es sólo por cotumbre?

Tal vez, y en el mejor de los casos, todavía creemos por que queremos seguir siendo niños entre tanta gente grande..



"No es triste la verdad, lo triste es que no tiene remedio"
JM Serrat

25 mar. 2014

¿Qué andarás haciendo ahora?




No quiero que tu nombre me corte. 
No quiero herirme.
Hablando conmigo misma me di cuenta de que hay tres tipos de despedidas. 
Las  consentidas, aquellas donde los protagonistas carecen de coraje y añoran hacerse añicos con recuerdos y promesas rotas. Donde el diablo ganó, otra vez, la pulseada, y ellos lo aceptan sin hacer demasiado ruido. "Que así sea" "Por algo será". Donde todas las palabras al fin son del viento y la cama vuelve a ser tendida sin extrañar aquel perfume, aquel ardor de los dos amantes. Donde dan vuelta la página  una mano de cada uno, juntas; una sobre la otra. Y prometen quedarse con el mejor recuerdo, y si se ven por la calle es mejor fingir que por esa cuadra nadie transita. 

 Existen también, aquellas donde ninguno quiere despedirse. Donde aún en una distancia azul se escriben cartas que nunca llegan, donde no cesan las lágrimas y los cafés esperando una llamada. Donde el reloj pasa lento y rápido a la vez. Donde cada uno mira a la luna desde un lugar diferente a la misma hora. Rezando las mismas plegarias y suertes a un Dios que hace rato no escucha. 

Y aquí va la última,  mis queridos lectores,  la última especie de despedida; aquellas que rompen olas y no dejan respirar al cuerpo, sometiéndolo a largos suspiros, aunque sea, a uno de los dos personajes. Son de esas tragedias donde uno ríe y el otro llora; donde uno puede luego acostarse en la cama a dormir plácidamente, mientras, el otro amante, no puede conciliar el sueño, entre la navaja, el espejo, el recuerdo y la pared. 
En estas despedidas cabe destacar que siempre hay una esquina. Esa esquina donde ella se fue sin siquiera saludar y sin mirar hacia atrás.  Esa mala bruja te hechó un hechizo y se hechó a correr. Y vos la ves, que se va cada vez más lejos; se hechó a andar sobre su hombro y no dio vuelta nunca más. 
A lo lejos ríe. 
A lo lejos se olvida.
 Rompiendote el corazón, como si fuera un vaso que se te cae de las manos en la cocina, cuando andás pensando en otra cosa.
Algo así como

 ¿qué andarás haciendo ahora?..

21 mar. 2014

Yo no sé que me habrán hecho tus ojos



Ada Falcón fue una de las pioneras cancionistas del tango en la Argentina de los años veinte, junto a Tita Merello, Rosita Quiroga y Tania.  Se llevó un sin fin de misterios con su canto, su belleza, su exilio y su muerte. Fue en la dorada época donde Buenos Aires no dormía y se parecía ésta a una belle époque en la historia Argentina. 
Canciones como Corazón de oro, Lo que nunca te dirán, Yo no sé que me habrán hecho tus ojos, Nada más, Te quiero. Entre otras. 
La estabilidad y el crecimiento económico, el fútbol, los tranvías,  los inmigrantes.   Los bares, los buenos muchachos  y los malos cigarros. Las mujeres siempre estaban perfectas; como si fueran joyitas, joyitas adornadas de joyitas. Todas unas muñecas. La mezcla de la clase alta y la no tan alta provocó el elixir cultural, donde se parió a el tango, este tango que siempre se vuelve a escuchar. Los tristes, los cargados; los que aún se amarran al barrio, a lo que se fue y que ya no es. 
La suya, su historia, tiene mucho de poesía y nostalgia.  Y de misterio; de preguntas sin respuestas, de que de un día para el otro, ya no está, y no hay pregunta que preguntar. Ni verso que escuchar. Ni amor que recordar. 

Ada Falcón hizo conocer el rugido de su voz a muy temprana edad. Fue la mayor de tres hermanas cantantes que no vale la pena recordar. Su voz endulzaba cada oído de la época, y aún sin ella cuando hizo cine mudo. A el amor también lo conoció temprano,  ese amor maldito que tanto le dolió.
Tuvo sus, como toda diva, excentricidades. Una casona en Palermo armada en lujo y buen gusto. Un descapotable rojo. Cosas carísimas. Pero bueno, ¿qué le iban a decir? Era ella  la dueña de esos despampanantes ojos verdes, la garganta fuerte y boca marcada. Muchísima gente importante y políticos de la época morían por Ada. Era un furor. Era la Emperatriz del tango.

Gardel no lo pudo evitar tampoco, y le imploró, una noche, caminando por la Boca luego de cenar, con ese hablar tan digno de un galán irresistible, como lo era él; 

-Piba, piba preciosa...Enseñame a cantar Yo no sé que me habrán hecho tus ojos. 


Su más fuerte vinculación amorosa fue con el compositor de tangos y director de orquestas, Francisco Canaro. Un tipo de la época, fíjese nomás; tantas chicas lindas que no podía tener sólo una. 

Su mujer, la francesa, ignoraba su amor hacia la Falcón. Y esta, dicen, se despidió de él cuando le insistió en que sólo se quedara con ella. El no hubiese querido separarse de su mujer para no dividir los bienes, y a parte, claro, por gato. Hasta hay rumores aún vivos de un embarazo por medio.

¿Por qué no pudo superarlo? ¿Qué tipo de daga le habrá clavado Canaro en el corazón? 
Fue él, sin duda, el hombre de su vida y de su muerte.

El corazón de Falcón siguió respirando por cuatro años más, donde grabaría sus últimas dos canciones; Corazón encadenado y Viviré con tu recuerdo.
Ella se despidió casi completamente del público y la vida lujosa. La última vez que cantó lo hizo detrás del telón, ni siquiera junto a la orquesta. No quería al público, el reconocimiento, el aplauso de la gente.  Se sentía desganada. Tal vez ya no creía en ese cuento de hadas. Ni en sus canciones. 



Y por eso jamás volvió a besar a otro hombre. Prometió volverse pura. No volvió, ni siquiera,  a  tomar un café con alguien. Se lo juró a Dios, vaya uno a saber por qué. 
 Se desterró completamente de Buenos Aires para irse a vivir a un pueblito dormido en la hermosa Córdoba. Con su madre, por supuesto, de la que nunca se separó hasta su muerte.

En Córdoba fueron reconocidas tiempo después como unas misioneras franciscanas, muy lejos de los lujos y de aquellas famas. Su madre luego murió y ella siguió en su búsqueda espiritual cerca de Dios. Como queriendo tapar el desenfreno que vivió, puliendo sus pecados. Su alma. 
En las dos ocasiones donde después de la lejanía decidió a hablar, mostró la vejez que la vestía y sus allegados problemas físicos y mentales causados por la edad; ella demostraba ser víctima de una especie de Alzheimer o algo semejante, pues cuando el preguntaban por el viejo amor hacia Canaro, ella repetía, segura de lo que salía de su boca, como protegiéndose de algún fantasma lejano:

-Yo, no lo recuerdo.










Pero yo no le creo, Ada; eso no es memoria perdida. Eso, se llama memoria selectiva.


18 mar. 2014

Otra cosa mariposa

Tal vez yo no sea tan pobre como todos piensan
Tal vez yo tenga otros gustos
Tal vez yo piense al revés
Y tal vez  sea yo rica de otra manera . . .

17 mar. 2014

Versos a la mujer ausente

Te recuerdo. 
Siempre te recuerdo. 
¿Cómo no recordarte? 
Lunática. Dramática. Emocionante. 
Explosiva. 
Cada calle era un puente.  Cada día, diferente. 
Te recuerdo cuando despertábamos en la misma cama, aturdidos por los bocinazos y los pájaros que madrugaban. Tus cabellos despertaban en mi cara y corriéndolos como cortinas  encontraba tu cara.. Dormida.
 Despierta o dormida,  siempre parecías soñar.
  
A veces, despertaba yo después y me encontraba con tus soles mirándome. 
Me sentía amado. Como a un niño. Me recordabas que aún luego de tantos años podía sentirme hermoso. 
Iluminado. Por tus ojos. 

La ciudad amanecía y el día  entrante, igual a todos, hacía que ya desde temprano tuviera ganas de fumar, aún sin desayuno.  Vos te quejabas, siempre te quejabas,  y me hacías un café, oscuro y profundo. Algunas tostadas. Un par de besos.

Podría encender el televisor y ver en las noticias que caía el mundo. 
Pero yo estaba ahí, amaneciendo contigo,
 y todo lo demás ya no importaba. 

Las palabras que salían de tu boca parecían poesía o el guión de una buena película. Jamás había algo librado al azar; siempre con la punzada perfecta, con el punto y los ovarios bien puestos.  Con la pregunta tajante, en el momento perfecto.

A veces se apagaban las luces de tu optimismo  y sólo por tus cachetes rodaban las lágrimas. Intentaba abrazarte pero a veces no querías. O tal vez querías que te abrazara más fuerte, o que llorara contigo. Siempre fue dificil comprenderte.

 Tal vez sólo querías estar sola. 
Te sentías cansada, el mundo te oprimía, la vida era nada y hacías rabietas en la cama. Pataleabas. Te comportabas muchas veces como una niña. Pero eso también me gustaba, aunque otras me molestara. Me gustaban tus peluches, tus canciones, tus manos, tus pies bailando debajo de las sábanas. Cuando peleábamos llovía en mi cielo. Si no me encontraba contigo me encontraba en la nada. Estaba perdido. Asustado. Y luego volvíamos, y me acurrucaba en tu pecho. 
Y volvíamos a amar. 
A creer. 
Un rato más. 
Aunque sea.


 Comprendí que las damas son cosa del pasado y que las mujeres, de verdad, son explosivas. Bombas. Eternas guerras. Llenas de paz.
Dentro tuyo cabía un sin fin de flores. Convivían la niña, la mujer, la guerrera, la amante, la amiga  y la madre en una sola belleza. La octava maravilla del mundo. No sé como nunca quisiste ir al psiquiátra. Estabas loca. Sos una loca. 
Y eso, eso también me encantaba.


¡Y cuando sonreías!

 ¡Qué hermosa sonrisa! 
Cuando sonreías no había más hambre en el mundo, los presidentes eran honestos, los médicos curaban corazones y Vietnam era sólo un cuento. Los soldados disparaban versos y los ángeles cumplían milagros.
 Dios existía. 
Y vos eras mía.
 Tan mía que también eras del viento.



5 mar. 2014

La otra increíble y triste historia de la cándida Eréndira

Se hubiera visto inmersa en la  inmensa eternidad la vieja Eréndira al ver que los días pasaban y que ya no le dedicaban canciones de amor. Se hubiera visto, la señora, arropada por recuerdos y ya casi nada de esperanzas, en un vacío agonizante y lleno de desgano. Los días pasaban, otra vez y como siempre, y ya su viejo Orfeo no volvería; no volvería a abrazarla, a apuñalarla a besos, a castigarla con un ya vuelvo. No volvería, y ella lo estaba empezando a comprender.
Su antigua casa desprendía un olor a muerto impresentable. No sabía si era ya su cuerpo que empezaba a desmoronarse o tal vez su corazón que ya no servía para nada.
A la triste Eréndira lo único que la hacía levantarse de la cama y ponerse las pantuflas, eran aquellas flores del patio delantero que tan bonitas se veían y no quería que se echaran a perder entre tanto desapego.
Flores rojas, rosas, amarillas y violetas. En ellas vivía la vida que ya le faltaba desde hace rato a la pobre Eréndira. Parecían sonreír. Parecían todo aquello que alguna vez fue esa mujer.
En muchas ocasiones, la vieja, como cualquier vieja, chusmeaba al barrio desde el balcón blanco de la opaca casa. Una casa colonial. Bella, venida a abajo. El tiempo. El tiempo.
Desde allí veía cómo pasaban parejas felices por su vereda y arrancaban sin pudor las hermosas flores que tanto Eréndira había cuidado. Enfermaba de rabia al verlo; todo su trabajo, cada día de su vida, echado a perder por un par de tontos enamorados.
 Los odiaba, sus amores les daba vómitos. Refunfuñaba desde el balcón y ellos corrían, riéndo con su motín.
Eréndira no recordaba la última vez que alguien le habría regalado una flor.  Orfeo ya no tenía cara en sus recuerdos, sólo aparecía de vez en cuando en los sueños, aquellas noches donde podía dormir, para rescatar a la princesa de las pesadillas, los monstruos y los fantasmas.
Pero Orfeo ya no vivía, y ella tampoco.






Una chispa se prendió y un arco iris salió en el cielo tormentoso de Eréndira. Una noche soñó con su amor; con aquel amor oxidado, y éste, abrazados, le dijo que no se agrietara más la cara con las pérdidas del jardín, que en cada flor vivía su amor y que mientras haya flores cada primavera, no importaba cuántos idiotas apasionados las arranquen; siempre volverá a nacer una nueva. Y qué mejor destino para este jardín que ser un regalo para aquellos como ellos dos. 

Se hubiera visto, otra vez, en la tragedia de una muerte parecida a la vida, o una vida parecida a la muerte. Pero pasó algún tiempo, desde que arrancaron la primera flor de su jardín hasta que pudo realmente  luego del sueño, comprender y mirar este acto desde otra perspectiva.
Eréndira, la ahora dulce Eréndira, cuida sus flores para que algún enamorado sorprenda a su mujer tal como lo hacía Orfeo con ella. Regalando sonrisas.
Le emociona, al contrario del pasado, que sus flores terminen en los cabellos enredados de las amadas muchachas.
Siente que ahora ya de vieja tiene un propósito, cuidar y plantar sus flores con una generosa y buena razón: que su jardín sea el del amor, el amor de los otros, el viejo amor de Orfeo. El amor de ella. El amor por el. El jardín de los besos.
Así mantiene vivo su recuerdo,  y aún más las esperanzas de no ser una muerta en vida, y parecerse más a una flor que a un miserable trapo viejo.