30 jun. 2014

Naja haje




La cobra egipcia entró a su cuarto en la más absoluta oscuridad y  con sus ojos nocturnos la observó de pies a cabeza. No podía resistirse. Era un manjar celestial. Se escabulló  bajo las sábanas blancas de seda y entró dentro de su blusa y unió sus escamas con la piel en flor de la muchacha más bella de todas las tierras áridas. Bailó por todo su cuerpo y al llegar al cuello olió ese aroma tan particular, a hembra caliente y hermosa, que la había llevado hasta allí.
Desenfundó sus dientes y los clavó suavemente en la yugular de la mujer, dejándola inmóvil, paralizada, serena y preciosa para siempre, desde los ojos hasta los dedos de los pies.




26 jun. 2014

"¿Qué es un alma? Es como la electricidad: en realidad no sabemos qué es, pero su fuerza es capaz de iluminar una habitación."

Ray Charles 

Por Pablo Bernasconi






"Sería muy simpático que existiera dios, que hubiese creado el mundo y fuese una benevolente providencia; que existieran un orden moral en el universo y una vida futura; pero es un hecho muy sorprendente el que todo esto sea exactamente lo que nosotros nos sentimos obligados a desear que exista." 

Sigmund Freud

Por Pablo Bernasconi



25 jun. 2014

El amor en los tiempos de guerra


Managua, enero  de 1979

A mi querida Elena:

Aquí el calor me abraza como si fueran sus brazos, ¿o será que ya me estoy  volviendo loco?. Perdí el son de los días pero se con firmeza que en esta semana fue mi cumpleaños. Cuarenta y cinco, ni más ni menos,  es una cifra detestable para quien cree que el mundo es hermoso pero a la vez ajeno. Si usted me ha mandado cartas, lamento decirle que no han volado o que les han cortado las alas. El somocismo está pudriendo Nicaragua hasta los huesos, vuelan estos bárbaros como buitres sobre el  cadáver de lo que queda de mi amada Nicaragua. 
Anduve estos días en expediciones fronterizas que me han dejado apagado y debilitado; ¡los mosquitos y otros insectos parecen ser unos contrarevolucionarios!. Parece que la dinastía Somoza no termina nunca; ¡Malnacidos los Somoza! ¡malditos todos, los dictadores, los zancudos, malditos los Estados Unidos y la madre que  parió a todos estos brutos!

En estos cinco años siento que envejecí todo lo que habría de envejecer en el futuro; las grietas de mi rostro van hasta la raíz; la tristeza honda de mis huesos. Pero debo darle a usted las gracias. En las mañanas, cuando aún vuelvo de los sueños con sus besos, yo me siento a veces con veinte años, tan tonto y tan crédulo, ¡tan esperanzado como entonces! Aunque son los signos físicos los que me llaman a la realidad; las piernas se cansan más rápido, me enfermo más seguido,  y las armas a veces quedan sin balas. Y aunque me fusilarían mis compañeros por escucharme decirlo, la esperanza a veces se desgasta. Pero aquí yo sueño con los ideales del general Sandino y de todos nuestros muertos, que no se han ido en vano. Sueño con usted a la lejanía de los fusiles, con sus brazos tibios y contenedores, abrazándome en una Nicaragua libre y democrática.
¿Algún día sabremos dónde han dejado descansar el cuerpo del general Sandino? Todo mi querido Caribe explota, pero veo en el horizonte, por la pequeña mirilla, a la esperada Revolución. 

Lamento no tener más que todas estas lágrimas y rabias escondidas del alma, pero hacía mucho no conseguía escribirle algo. No tenemos las cosas fáciles aquí. Me gustaría algún día recibir alguna carta, aunque sea por medio del Espíritu Santo. Y ya que lo menciono, podría usted  rezar por nosotros, si es que aún Dios existe; y si usted lo conoce; cuéntele de Nicaragua.


Con esperanzas de volver a verla, 
Su Julián. 

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23 jun. 2014

Un diario inexistente (II)

Por Paulo Coehlo

La importancia de dejar en claro desde qué lugar se habla, el coraje como herramienta de cambio y la oportunidad de compartir el alma con otro.


-Melbourne, Australia-

Subo al escenario con la aprensión de siempre. Un escritor local, John Felton, me presenta y comienza a hacerme preguntas. Antes de que pueda concluir mi raciocinio, ya me interrumpe haciéndome una nueva pregunta. Cuando respondo, comenta algo del tipo "esta respuesta no ha sido muy clara que digamos". A los cinco minutos, se percibe un malestar entre el público. Recuerdo a Confucio, y hago lo único que se puede hacer en tal circunstancia:
-¿Te gusta lo que escribo?
- Eso ahora es irrelevante. -responde- Además soy yo quien pregunta.
-Es muy relevante, ya lo creo. No me estás dejando terminar mis argumentos. Confucio dijo: "Siempre que sea posible, debes ser claro". Vamos a seguir este consejo y dejar las cosas claras. ¿A tí te gusta lo que escribo?
-No, no me gusta. Sólo leí dos libros, y los encontré pésimos.
-Bien, ahora podemos seguir.
Los campos estaban definidos. El público se relaja, el ambiente se carga de electricidad, la entrevista se transforma en un verdadero debate, y todos -Felton incluido- terminan satisfechos con el resultado.


-Melbourne, Australia-

Me encuentro con Colin Wilson, hoy un autor consagrado. Conociendo el tema de mi nuevo libro, él me recuerda un texto que escribió, relatando su intento de suicidio a los dieciséis años:
"Entré en el laboratorio de química de la escuela, y tomé la redoma de veneno. Lo vertí en un vaso delante de mí, lo miré bastante, me fijé en el color, e imaginé el sabor que tendría. Entonces acerqué el ácido a mi cara, y sentí su olor. En este momento, mi mente dio un salto al futuro, y yo pude sentirlo quemando mi garganta, y abriendo un agujero negro en mi estómago. Me quedé durante un tiempo sosteniendo el vaso en mis manos, saboreando la posibilidad de la muerte, hasta que finalmente me dije: si tengo el valor para matarme de una forma tan dolorosa, también tengo el valor necesario para seguir viviendo".

18 jun. 2014

Alfonsina y su amor

La tristeza le cortó las venas a Alfonsina, cuando el comisario del pueblo tocó a su puerta con un terrible anuncio fatal. Rafael, quien era su esposo hacía ya diez años y tres meses, había fallecido en un accidente de tránsito, cuando un automóvil fue robado por un borracho. Éste cruzó un semáforo en rojo, siendo perseguido por las autoridades, donde el peón, identificado como Rafael Ignacio Bruela, aprovechaba para cruzar la calle transitada que segundos después estaría enchastrada con su propia sangre.
Alfonsina no podía creerlo, y como no podía creerlo, no lo creyó. Cerró la puerta  de un portazo digno de quien no llama las cosas por su nombre,  y dejó al uniformado con su pésame hablando solo en el pórtico de su morada. Al cerrarla,  puso la tranca y  jamás volvió a abrirla para ninguna otra ocasión. Nunca nadie volvió a tener noticias sobre ella.
 Inmediatamente, y aún sin pestañear, aún con el alma en las manos  y los ojos perplejos y grandes como huevos, corrió a su alcoba con un cuaderno, una pluma y un tintero, y se encerró por un mes entero para cambiar el destino de esta triste historia.
Durante ese mes de marzo no salió de esas cuatro paredes; se dedicó a escribir y a escribir, con lujos de detalle que ella no tenía previstos encontrar en su memoria, la autobiografía de su vida enlazada a su ardiente amor.

Recobraron vida los recuerdos de su infancia en la lejana España que estaban dormidos bajo el manto bordado del paso de los años. Recordó su adolescencia en un viejo y estructurado colegio católico de Andalucía, donde sus padres querían que su modelo a seguir fueran las viejas y santurronas monjas de la institución.
 Allí conoció a Arnaldo Abellán, el guapo ricachón con quien conoció los besos secretos y las pasiones, aunque, en realidad, tiempo después supo que esos no eran besos ni esas eran pasiones. 
Los amoríos con Arnaldo Abellán duraron poco pero quemaron mucho en el corazón de Alfonsina. Luego de haber terminado el colegio se encerró en su casa por que Andalucía entera sabía de sus exuberantes cuernos.
Luego de ese mal tiempo, una prima con la que mantenía cartas la invitó a vivir a Buenos Aires, donde meses después, Alfonsina  recobraría su aura jovial y buen espíritu al olvidarse de ese cabrón.  Arnaldo Abellán la engañó con una de sus íntimas  amigas de la escuela católica, a quien Alfonsina se encargó de difamar y maldecir antes de su viaje a Buenos Aires en cada bar de mala muerte, donde la consagraba a la traidora amiga como la más puta de toda España.
Al llegar a la Argentina, vivió con su prima Matilda y su marido Rubén Castaño, que la bien recibieron y hospedaron desde el principio en su casona blanca de estilo italiano en el conurbano, donde no solo vivían entonces los peones que viajaban para trabajar hasta la capital y el puerto, si no que también estaban empezando a florecer las bellas y elegantes propiedades en el centro de los pueblos y ciudades periféricas, que empezaban a tener importancia. La casona estaba cerca de la estación del ferrocarril, de la Plaza Central y la calle principal de los pocos comercios que había por entonces.
En aquella época era una costumbre que las muchachas solteronas madrugaran para ir a la cazería; se colgaban sus mejores perlas y se ponían sus pollerones para ir a engatuzar a los empresarios que a las siete treinta de la mañana esperaban el tren matutino en el andén de la estación. Matilda convenció y alentó  a Alfonsina para que fuera a conseguir un buen partido, no porque su presencia en la casa le molestara, si no por que quería ver revolotear mariposas enamoradas en el estómago podrido de odio de su bella prima.
Alfonsina fue una única vez a la estación de tren, obligada y sin esperanzas, y no vio allí más que un montón de hombres trajeados queriendo parecer interesantes, con sus maletines y zapatos lustrados. Detrás de ellos, casi formando filas y sacando números murmurando como cotorras, vio a todas las hermanastras de la Cenicienta que buscaban desesperadas a un príncipe azul o a un héroe, para que las destierren de la miseria, de valerse por sí mismas, la soltería o la prostitución.
A Alfonsina le dieron náuseas. No era ese tipo de mujer tonta de época. Al salir de la estación, con la mirada cansada de tanta hipocresía, se dirigió al café que había enfrente de la estación ferroviaria y no se percató en ningún momento que durante el trayecto un hombre la estaba observando de pies a cabeza, desde que salió de ese vulgar andén hasta que llegó a la vereda de enfrente.
Le regaló una flor. Era el dueño del puesto de flores más concurrido del encaminado pueblo. Era un hombre atractivo pero a la vez corriente, tenía aires de latino y de buen mozo, moreno, alto y con un torso que bien podría servir como un refugio para una asustada muchacha o como un escudo de acero contra cien flechas en una batalla.
Pasaban los días y ella fingía no tener café en la casona para poder ir al bar cercano al puesto de flores, sólo para fingir, otra vez, leer el periódico mientras veía como aquel hombre se esmeraba bajo el rayo del sol, sudado, para que sus flores estén siempre frescas y presentables.
A medida que pasaban los días, cambiaron el típico "Buenos días" desde aquella flor y las conversaciones formales de dos personas que se conocen de vista pero que en realidad no se conocen, para tener algunas charlas más largas e incluso despreocupadas de todo tipo de cordialidad.
 Una vez él se atrevió a regalarle una simple y hermosa flor de papel hecha con sus propias manos  y se excusó <Éstas duran para siempre>. 
Así fue, que su amor también comenzó a ser eterno.

Las visitas al local de las flores pasaron  a ser citas en la plaza donde jugaban a las damas chinas  y compartían momentos de risas mientras ella aprendía el nombre de todas las flores habidas y por haber, y él, conocía la España como si hubiera salido alguna vez de ese pueblo perdido en el naciente Buenos Aires.
El amor floreció tanto que la sonrisa ya no entraba en el rostro de Alfonsina y tuvo que conseguir un rostro más grande. Todos los días a la mañana, se despertaba ella cantando y agradeciéndole a Dios y se dirigía  al local de su hombre de espaldas grandes que despertaba temprano para ir allí a despertar a las flores. Pasaban la mañana charlando y comentaban sobre lo que leían en el periódico y los chusmerios de la estación, el café y la plaza. 
Los besos de Rafael Ignacio Bruela eran los que ella había soñado tener siempre posados en sus labios; dulces, calientes y sinceros.
Llegado el momento de plena confianza fueron a vivir juntos en la casilla donde Rafael Ignacio Bruela vivió desde que tenía uso de la memoria. Allí pasó Alfonsina los mejores años de su vida; acurrucada en su enorme torso, poseída por su angélica sonrisa. A él le gustaba tanto que la retrató, entre risas, en varias ocasiones desnuda. Sus pestañas largas y arqueadas acompañaban esos ojos color miel que lo volvían loco; su cabello largo y enmarañado perfumaba sus sábanas blancas; su cara al despertar era una prueba de que Dios existía y aún se disponía a hacer milagros en esas tierras. Recorría sus caderas con la yema de los dedos aún cuando ya las sabía de memoria, pero sorprendía una y otra vez al descubrir que los lunares cambiaban de lugar y le enseñaban algún pedazo de piel suave perdido.
 Le gustaba hacerle trenzas para luego des hacerlas y ver su cabello ondulado. Y siempre y cuando le sobrara dinero, hacerle un camino de flores por toda la casa hasta el sitio donde él había colocado un obsequio para su amada concubina.
Peleaban como perros y gatos y cojían como conejos; cuando volaban las mesas y las sillas era cuestión de esperar tres horas y treinta minutos para verlos a los abrazos besándose todo el cuerpo, recuperando el tiempo perdido.
Fue tan explosivo y duradero el intenso fuego de ese amor, que vivieron los diez años y tres meses como si sólo hubieran sido tres meses apasionados de relación.

Así fue al comienzo y siguió hasta el final. Cuando Alfonsina escribía detalle por detalle  los diez años y tres meses que duró la relación con Rafael Ignacio Bruela, sólo omitió un detalle que fue, para ella, el desencadenante de la tragedia del borracho y su flamante amante. 
A mediados de julio, vaya uno a saber exactamente de que año, Rafael Ignacio Bruela recibió una invitación para formar parte de un vivero que sería el primero en la zona, tan grande y verde como un árbol centenario, a unas ocho cuadras de la estación ferroviaria, por sobre la calle de los comercios.

Alfonsina cambió la historia escrita e hizo que su hombre siguiera siempre trabajando  en el puesto de flores para nunca acabar teniendo que pasar por aquella calle que luego se entintó de su sangre. De esta manera, el nunca habría tenido que  caminar las ocho cuadras de las calles  de los negocios y del destino, y así nunca hubiera  muerto a manos de un borracho perseguido por las autoridades locales.
Así fue que al terminar de reescribir la historia, bajó de su alcoba matrimonial y volvió con los quehaceres de la casa, que eran muchos por que Rafael Ignacio Bruela era muy desorganizado. 
Asó un pollo y cocinó en el horno unas papas mezcladas con cebollas y morrones rojos. Exprimió unas naranjas para hacer el jugo que tanto le gustaba a Rafael Ignacio Bruela en la mañana y el mediodía. 
  



13 jun. 2014

Corazón animal

Recordando todas estas malas cosas, mientras alistaba el baúl de José Arcadio, Úrsula se preguntaba si no era preferible acostarse de una vez en la sepultura y que le echaran la tierra encima, y le preguntaba a Dios, sin miedo, si de verdad creía que la gente estaba hecha de fierro para soportar tantas penas y mortificaciones. Preguntando y preguntando iba atizando su propia ofuscación, y sentía unos irreprimibles deseos de soltarse a despotricar como un forastero, y de permitirse por fin un instante de rebeldía, el instante tantas veces anhelado y tantas veces aplazado de meterse la resignación por el fundamento, y cagarse una vez en todo, y sacarse del corazón los infinitos montones de malas palabras que había tenido que atragantarse en todo un siglo de conformidad. 

-¡Carajo! -gritó.
Amaranta, que empezaba a meter la ropa en el baúl, creyó que le había picado un alacrán.
-¡Dónde está! -preguntó alarmada.
-¡Qué!
-¡El animal! -aclaró Amaranta.
Úrsula se puso un dedo en el corazón.
-Aquí. -dijo.



 Cien años de soledad, de Gabriel García Marquez.

10 jun. 2014

Leyenda del hilo rojo


HISTORIA DEL HILO ROJO

Dicha leyenda nace en el momento en el que se descubre, que la arteria ulnar conecta al corazón con el dedo meñique. De aquí se comenzó a decir que los hilos rojos del destino unían los corazones a los meñiques.  Cuando éstos se entrelazan, simbolizan la promesa y la unión de las personas.
Existe predestinadamente un lazo afectivo que conecta a distintas personas desde su nacimiento. El hilo rojizo existe independientemente del momento de sus vidas en el que vayan a cruzarse y nunca puede romperse en absoluto caso.

LEYENDA DEL HILO ROJO
En la luna vive un anciano que cada noche busca entre las almas a aquellas que están predestinadas a encontrarse y unirse en la tierra, y cuando las encuentra, las ata con un fino hilo rojo, para que nunca jamás  se pierdan. 

Paralelamente, dentro de la cultura japonesa, existe otra leyenda del hilo rojo y se situa hace mucho, muchísimo tiempo atrás, donde un emperador supo que en una de las provincias de su basto reino, vivía una bruja vieja que tenía el poder de ver ese hilo rojo del destino, e hizo llamar a la bruja para conocer a su media naranja.
Al llegar la bruja, el emperador le ordenó buscar el meñique que tanto ansiaba conocer, para que lo llevara a su encuentro. La bruja, la vidente, lo llevó a un mercado en las zonas aledañas donde una pobre campesina llevaba consigo a una bebé en los brazos, mientras vendía lo que podía.
Al llegar ante la presencia de la campesina, la bruja le susurró al emperador: "Aquí termina tu hilo". Pero al escuchar sus palabras, el enfurecido y poderoso emperador creyó que era una mala broma de la vieja. Empujó a la campesina y la hizo caer, dejándola en el piso y con una herida en la pequeña frente de la bebé. Luego ordenó la detención de la bruja, para que luego sus escoltas le cortaran la cabeza.
Muchos años más tarde, el emperador, cansado de buscar a su destinada prometida, supo que por su edad debía ya casarse y ya sin remedio no buscaba el amor verdadero. Su corte le recomendó que desposara a la hija de un general muy poderoso.
Este aceptó, y llegado el día de la boda, tiempo después, conocería la cara de aquella mujer que lo acompañaría en su imperio. La mujer entró con un bellísimo vestido, adornada con las mejores joyas, y un velo que la cubría totalmente, incluyendo su rostro.
Al levantarle el velo, el emperador dio cuenta de que la hermosa mujer tenía una cricatriz particular y especial en su frente. Era la cicatriz que él mismo le había provocado al no ver jamás el destino que había estado delante de sus ojos.
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“Dicen que a lo largo de nuestra vida tenemos dos grandes amores; uno con el que te casas o vives para siempre, puede que el padre o la madre de tus hijos… Esa persona con la que consigues la compenetración máxima para estar el resto de tu vida junto a ella…
Y dicen que hay un segundo gran amor, una persona que perderás siempre. Alguien con quien naciste conectado, tan conectado que las fuerzas de la química escapan a la razón y les impedirán, siempre, alcanzar un final feliz. Hasta que cierto día dejarán de intentarlo… Se rendirán y buscarán a esa otra persona que acabarán encontrando.
Pero les aseguro que no pasarán una sola noche, sin necesitar un beso suyo.
Todos saben de qué estoy hablando, porque mientras estaban leyendo esto, les ha venido su nombre a la cabeza."

Paulo Coelho