29 jul. 2014


De tumbas y locuras

Y nuevamente allí, en la inmensidad de tu noche, descubrirás que pasarás en la tumba el mismo calvario que te mató en la vida;  y como siempre, será serár tú mismo. 
Te encontrarás en la mente de un loco que atrapado en un muerto intenta gritar y convencerse de que todo es un sueño.  Pero la hora ya se ha pasado, y no verás más remedio que entregarte a la  locura, y luego a su cura; que es inventarte otro mundo, como olvidando haber muerto.
Llorarás tanto, aunque con los ojos secos, que el cajón parecerá una balsa rota.  Podrás sentir cómo la carne se marchita y florecen los huesos lúgubres que escondidos estaban, y serán el aposento de un millón de gusanos y recuerdos, que ojalá te sirvan para no sentirte tan solo, ni tan muerto, en un triste cajón de locura y lamentos.



El grito, por Munch (1893)

21 jul. 2014

Violento

¿Por qué el amor es tan violento?
¿Por qué  me arma y me desarma?
¿Por qué me eleva y me tira al suelo?
¿Por qué cura y sangra?

¿Por qué corta como un cuchillo?
¿Por qué sana como cola de rana?
¿Será que si hoy espero
y  no  muero,
tal vez me ame mañana?

13 jul. 2014

El árbol de ciruelas

Antes de irte dijiste
nos volveremos a ver
en un sueño bajo
 el manto de un ciruelo.

Años después me dije
espero ya volver a verla
y casi sin darme cuenta estaba
acostado bajo un árbol de ciruelas
y me hundí en el sueño
y volví a verla

8 jul. 2014

La náusea y el vómito

¿Qué decir de la vida cuando a uno ya no le sorprende? Así transcurrían  los días para el personaje único de este breve relato, que ya ni se asombraba de sentir el aroma tibio y agridulce de la muerte en cada esquina a la que llegaba, olvidando la vida atrás en cada paso.
Repetía  el mismo tic tac el  reloj de su vida, que volvía siempre a los doce números que habían de condenarlo para toda la eternidad, haciendo de su existencia un ciclo enfermizo que terminaba y empezaba sin cesar. Se acostumbró a que la rutinaria vida le desgastara la revolución, la sorpresa; le desgastara el hecho de quejarse, por que al fin, todo volvía a ser igual a la mañana siguiente. Se burlaba de él el  pequeño reloj de muñeca que era verde y dorado y volvía y volvía a los mismos doce números de la condena, imitando al de su vida, al de su muerte y al de su destino.
Un día, el dorado y verdoso reloj se quedó sin vuelta y quedó atascado en el número doce. Ese día era gris para este personaje, y el tiempo y el sol quedaron inmóviles.
Al levantarse de su cama sintió la náusea que había de condenarlo por sesenta minutos iguales. Sentía que un estruendo rugía por su garganta intentando llegar a su boca para salir disparado con tanta  furia al entorno gris que lo rodeaba desde su nacimiento.
Sintió un nudo abominable en el estómago y fue entonces que empezó la aliviadora pesadilla. Vomitó tanta pena, tanto asco acumulado, tantas palabras no dichas y tantas esperanzas despedazadas, que el parqué de la habitación quedó estropeado para siempre. Se había tragado la vida durante la vida entera.  Casi que el corazón se le iba en el charco. Sentía que la bilis era la angustia y que sus ojos lloraban lágrimas que estaban acumuladas en los cristales de sus ojos durante años y años.

Estuvo durante toda esa hora infernal en posición fetal, amarrándose las rodillas, vomitando en su propio vómito hasta que por fin pudo sentirse libre de terrible y pesada agonía.
La manecilla horaria del reloj se posó en el número uno y fue ahí cuando recién pudo levantarse y limpiarse la boca con el puño sucio de la camiseta. Caminó como muerto hasta la cocina y se sirvió un vaso con agua. No dejó una sola gota. Volvió a mirar, como siempre, al mismo reloj.
-Llego tarde- murmuró.
Y el reloj volvió a girar y a girar.

3 jul. 2014

Trenzaré mi tristeza

por Paola Klug

Decía mi abuela que cuando una mujer se sintiera triste lo mejor que podía hacer era trenzarse el cabello; de esta manera el dolor quedaría atrapado entre los cabellos y no podría llegar hasta el resto del cuerpo; había que tener cuidado de que la tristeza no se metiera en los ojos pues los harìa llover, tampoco era bueno dejarla entrar en nuestros labios pues los obligaría a decir cosas que no eran ciertas, que no se meta entre tus manos- me decía- porque puedes tostar de más el café o dejar cruda la masa; y es que a la tristeza le gusta el sabor amargo. Cuando te sientas triste niña, trénzate el cabello; atrapa el dolor en la madeja y déjalo escapar cuando el viento del norte pegue con fuerza.

Nuestro cabello es una red capaz de atraparlo todo, es fuerte como las raíces del ahuehuete y suave como la espuma del atole.

Que no te agarre desprevenida la melancolía mi niña, aun si tienes el corazón roto o los huesos fríos por alguna ausencia. No la dejes meterse en ti con tu cabello suelto, porque fluirá en cascada por los canales que la luna ha trazado entre tu cuerpo. Trenza tu tristeza, decía, siempre trenza tu tristeza…

Y mañana que despiertes con el canto del gorrión la encontrarás pálida y desvanecida entre el telar de tu cabello.