Y nuevamente allí, en la inmensidad de tu noche, descubrirás que pasarás en la tumba el mismo calvario que te mató en la vida; y como siempre, será serár tú mismo.
Te encontrarás en la mente de un loco que atrapado en un muerto intenta gritar y convencerse de que todo es un sueño. Pero la hora ya se ha pasado, y no verás más remedio que entregarte a la locura, y luego a su cura; que es inventarte otro mundo, como olvidando haber muerto.
Llorarás tanto, aunque con los ojos secos, que el cajón parecerá una balsa rota. Podrás sentir cómo la carne se marchita y florecen los huesos lúgubres que escondidos estaban, y serán el aposento de un millón de gusanos y recuerdos, que ojalá te sirvan para no sentirte tan solo, ni tan muerto, en un triste cajón de locura y lamentos.
La tristeza le cortó las venas a Alfonsina, cuando el comisario del pueblo tocó a su puerta con un terrible anuncio fatal. Rafael, quien era su esposo hacía ya diez años y tres meses, había fallecido en un accidente de tránsito, cuando un automóvil fue robado por un borracho. Éste cruzó un semáforo en rojo, siendo perseguido por las autoridades, donde el peón, identificado como Rafael Ignacio Bruela, aprovechaba para cruzar la calle transitada que segundos después estaría enchastrada con su propia sangre.
Alfonsina no podía creerlo, y como no podía creerlo, no lo creyó. Cerró la puerta de un portazo digno de quien no llama las cosas por su nombre, y dejó al uniformado con su pésame hablando solo en el pórtico de su morada. Al cerrarla, puso la tranca y jamás volvió a abrirla para ninguna otra ocasión. Nunca nadie volvió a tener noticias sobre ella.
Inmediatamente, y aún sin pestañear, aún con el alma en las manos y los ojos perplejos y grandes como huevos, corrió a su alcoba con un cuaderno, una pluma y un tintero, y se encerró por un mes entero para cambiar el destino de esta triste historia.
Durante ese mes de marzo no salió de esas cuatro paredes; se dedicó a escribir y a escribir, con lujos de detalle que ella no tenía previstos encontrar en su memoria, la autobiografía de su vida enlazada a su ardiente amor. Recobraron vida los recuerdos de su infancia en la lejana España que estaban dormidos bajo el manto bordado del paso de los años. Recordó su adolescencia en un viejo y estructurado colegio católico de Andalucía, donde sus padres querían que su modelo a seguir fueran las viejas y santurronas monjas de la institución. Allí conoció a Arnaldo Abellán, el guapo ricachón con quien conoció los besos secretos y las pasiones, aunque, en realidad, tiempo después supo que esos no eran besos ni esas eran pasiones. Los amoríos con Arnaldo Abellán duraron poco pero quemaron mucho en el corazón de Alfonsina. Luego de haber terminado el colegio se encerró en su casa por que Andalucía entera sabía de sus exuberantes cuernos. Luego de ese mal tiempo, una prima con la que mantenía cartas la invitó a vivir a Buenos Aires, donde meses después, Alfonsina recobraría su aura jovial y buen espíritu al olvidarse de ese cabrón. Arnaldo Abellán la engañó con una de sus íntimas amigas de la escuela católica, a quien Alfonsina se encargó de difamar y maldecir antes de su viaje a Buenos Aires en cada bar de mala muerte, donde la consagraba a la traidora amiga como la más puta de toda España. Al llegar a la Argentina, vivió con su prima Matilda y su marido Rubén Castaño, que la bien recibieron y hospedaron desde el principio en su casona blanca de estilo italiano en el conurbano, donde no solo vivían entonces los peones que viajaban para trabajar hasta la capital y el puerto, si no que también estaban empezando a florecer las bellas y elegantes propiedades en el centro de los pueblos y ciudades periféricas, que empezaban a tener importancia. La casona estaba cerca de la estación del ferrocarril, de la Plaza Central y la calle principal de los pocos comercios que había por entonces. En aquella época era una costumbre que las muchachas solteronas madrugaran para ir a la cazería; se colgaban sus mejores perlas y se ponían sus pollerones para ir a engatuzar a los empresarios que a las siete treinta de la mañana esperaban el tren matutino en el andén de la estación. Matilda convenció y alentó a Alfonsina para que fuera a conseguir un buen partido, no porque su presencia en la casa le molestara, si no por que quería ver revolotear mariposas enamoradas en el estómago podrido de odio de su bella prima. Alfonsina fue una única vez a la estación de tren, obligada y sin esperanzas, y no vio allí más que un montón de hombres trajeados queriendo parecer interesantes, con sus maletines y zapatos lustrados. Detrás de ellos, casi formando filas y sacando números murmurando como cotorras, vio a todas las hermanastras de la Cenicienta que buscaban desesperadas a un príncipe azul o a un héroe, para que las destierren de la miseria, de valerse por sí mismas, la soltería o la prostitución. A Alfonsina le dieron náuseas. No era ese tipo de mujer tonta de época. Al salir de la estación, con la mirada cansada de tanta hipocresía, se dirigió al café que había enfrente de la estación ferroviaria y no se percató en ningún momento que durante el trayecto un hombre la estaba observando de pies a cabeza, desde que salió de ese vulgar andén hasta que llegó a la vereda de enfrente. Le regaló una flor. Era el dueño del puesto de flores más concurrido del encaminado pueblo. Era un hombre atractivo pero a la vez corriente, tenía aires de latino y de buen mozo, moreno, alto y con un torso que bien podría servir como un refugio para una asustada muchacha o como un escudo de acero contra cien flechas en una batalla. Pasaban los días y ella fingía no tener café en la casona para poder ir al bar cercano al puesto de flores, sólo para fingir, otra vez, leer el periódico mientras veía como aquel hombre se esmeraba bajo el rayo del sol, sudado, para que sus flores estén siempre frescas y presentables. A medida que pasaban los días, cambiaron el típico "Buenos días" desde aquella flory las conversaciones formales de dos personas que se conocen de vista pero que en realidad no se conocen, para tener algunas charlas más largas e incluso despreocupadas de todo tipo de cordialidad. Una vez él se atrevió a regalarle una simple y hermosa flor de papel hecha con sus propias manos y se excusó <Éstas duran para siempre>. Así fue, que su amor también comenzó a ser eterno. Las visitas al local de las flores pasaron a ser citas en la plaza donde jugaban a las damas chinas y compartían momentos de risas mientras ella aprendía el nombre de todas las flores habidas y por haber, y él, conocía la España como si hubiera salido alguna vez de ese pueblo perdido en el naciente Buenos Aires. El amor floreció tanto que la sonrisa ya no entraba en el rostro de Alfonsina y tuvo que conseguir un rostro más grande. Todos los días a la mañana, se despertaba ella cantando y agradeciéndole a Dios y se dirigía al local de su hombre de espaldas grandes que despertaba temprano para ir allí a despertar a las flores. Pasaban la mañana charlando y comentaban sobre lo que leían en el periódico y los chusmerios de la estación, el café y la plaza. Los besos de Rafael Ignacio Bruela eran los que ella había soñado tener siempre posados en sus labios; dulces, calientes y sinceros. Llegado el momento de plena confianza fueron a vivir juntos en la casilla donde Rafael Ignacio Bruela vivió desde que tenía uso de la memoria. Allí pasó Alfonsina los mejores años de su vida; acurrucada en su enorme torso, poseída por su angélica sonrisa. A él le gustaba tanto que la retrató, entre risas, en varias ocasiones desnuda. Sus pestañas largas y arqueadas acompañaban esos ojos color miel que lo volvían loco; su cabello largo y enmarañado perfumaba sus sábanas blancas; su cara al despertar era una prueba de que Dios existía y aún se disponía a hacer milagros en esas tierras. Recorría sus caderas con la yema de los dedos aún cuando ya las sabía de memoria, pero sorprendía una y otra vez al descubrir que los lunares cambiaban de lugar y le enseñaban algún pedazo de piel suave perdido. Le gustaba hacerle trenzas para luego des hacerlas y ver su cabello ondulado. Y siempre y cuando le sobrara dinero, hacerle un camino de flores por toda la casa hasta el sitio donde él había colocado un obsequio para su amada concubina. Peleaban como perros y gatos y cojían como conejos; cuando volaban las mesas y las sillas era cuestión de esperar tres horas y treinta minutos para verlos a los abrazos besándose todo el cuerpo, recuperando el tiempo perdido. Fue tan explosivo y duradero el intenso fuego de ese amor, que vivieron los diez años y tres meses como si sólo hubieran sido tres meses apasionados de relación. Así fue al comienzo y siguió hasta el final. Cuando Alfonsina escribía detalle por detalle los diez años y tres meses que duró la relación con Rafael Ignacio Bruela, sólo omitió un detalle que fue, para ella, el desencadenante de la tragedia del borracho y su flamante amante. A mediados de julio, vaya uno a saber exactamente de que año, Rafael Ignacio Bruela recibió una invitación para formar parte de un vivero que sería el primero en la zona, tan grande y verde como un árbol centenario, a unas ocho cuadras de la estación ferroviaria, por sobre la calle de los comercios.
Alfonsina cambió la historia escrita e hizo que su hombre siguiera siempre trabajando en el puesto de flores para nunca acabar teniendo que pasar por aquella calle que luego se entintó de su sangre. De esta manera, el nunca habría tenido que caminar las ocho cuadras de las calles de los negocios y del destino, y así nunca hubiera muerto a manos de un borracho perseguido por las autoridades locales.
Así fue que al terminar de reescribir la historia, bajó de su alcoba matrimonial y volvió con los quehaceres de la casa, que eran muchos por que Rafael Ignacio Bruela era muy desorganizado.
Asó un pollo y cocinó en el horno unas papas mezcladas con cebollas y morrones rojos. Exprimió unas naranjas para hacer el jugo que tanto le gustaba a Rafael Ignacio Bruela en la mañana y el mediodía.
Antes que nada quiero aclarar, a todos mis conocidos (que añoro muchísimo) que estoy bien; contarles que, es una mentira aquello del infierno y el cielo; todos vamos al mismo lugar. Así como en la tierra los gloriosos y los enfermos de cólera viven en la misma cuadra. Es lo mismo.
Es curioso que esté escribiendo porque, en realidad, aquí ya nadie escribe. Todos aquellos que dedicaban hojas y hojas a sus percepciones de la vida, dejan de hacerlo cuando ya no la tienen. Debe ser por que después de muertos se dan cuenta que eso es cosa de humanos. Vivos, claro. Aquí no hay nada por aprender; nada por enseñar; las moralejas ya no tienen sentido; aquí estamos convencidos de que escribir no sirve para nada. Allí, en la Tierra, todavía les quedan esperanzas.
Recuerdo que, hace mucho tiempo atrás, tuve mi primera muerte. Si es que alguno de mis allegados lee este escrito, les agradezco la compañía en el Hospital Los Juncos, donde me atendieron excelentemente bien. Pero, claro, mis pulmones estaban ya oxidados y no había marcha atrás. No me arrepiento de haber fumado toda mi larga vida; siempre ha sido un compañero leal el cigarrillo, aunque su traición ya estaba cantada.
No me quiero ir por las ramas. Un segundo antes de morir, cuando estaba leyendo los papeleos y dejando mi firma aquí y allá, el Guardián del Arco me preguntó si tenía alguna duda, si necesitaba algo, si podría él hacer algo por mí. Obviamente me pareció un disparate que me preguntara algo así en esa instancia, parece que la costumbre al trabajo, la burocracia lo hace a uno menos humano. ¿Cómo uno no quisiera siempre algo más antes de morir? ¿Cómo podría tratar con tanta irrelevancia algo tan trascendental como la muerte? Parecía que éste desalmado había muerto antes de Cristo.
La hora había llegado. No quería que se alargara más. Pero sentía algo extraño, sentía que no me preocupaba tanto la muerte si no algo que me parecía que estaba ignorando.
¿Nunca sentiste al salir de tu casa que te estabas olvidando algo? ¿la billetera? ¿el celular? ¿un abrazo?
No podía irme con esa gran duda, me parecía que me estaba debiendo algo que no podría dejar de lado.
Le pregunté al Guardián si podía esperarme un momento, un momento nomás; que volvería en un instante, si no le molestaba, que tuviera esa amabilidad, insignificante para él, importante para mí. Vaciló. Miró mi expediente. Me miró. Se mostró con un gesto de incomprensión pero a la vez fue como si entendiera de qué le estaba hablando y me dijo que no tardara tanto, que si alguno lo veía siendo tan generoso conmigo vendrían miles a pedir lo mismo, y muchos se le escaparían, claro, de la muerte, del paso al Arco.
Recorrí mi vida entera en un microsegundo. Me ví en los viajes de trabajo a Francia; en los nietos que nunca visitaba, en la mujer que hacía años me olvidé de volver a conquistar, después de conquistarla; en el perro que aún me movía la cola al entrar pero al que ya no saludaba con tantas ganas (después de tantos almohadones rotos). Recorrí el tiempo dedicado al estudio y a la oficina, que al fin fueron, una pérdida de tiempo. Volví a vivir tantas tardes de reuniones laborales con personas que ni siquiera fueron a verme a Los Juncos ni seguramente a mi velorio. Vi mi casa de cuando era un niño; los juguetes aún recordaban mi nombre pero yo, ya no recordaba el de ellos. Mi madre murió cuando yo estaba en un viaje de negocios. Recorrí la canchita de Hurlingham que hacía tanto no corria, aún cuando me funcionaban las piernas. Los amigos que había dejado, con el tiempo, en la memoria. Mis hijos, tan grandes, ya no venían al asado de los domingos. Y también vi a el sol, que siempre salía a visitarme, pero que hacía mucho tiempo no lo saludaba, al acostumbrarme que siempre esté allí.
Cada persona es un aguantadero de recuerdos; un sin fin de historias prestadas. Aunque queramos llamarnos auténticos no somos más que un mar enorme hecho de ríos ajenos. Si Julieta fue a Roma y te contó Roma de izquierda a derecha, en algún momento seguramente hables de Roma como si hubieses ido con Julieta.
De pequeños somos esponjas que absorbemos lo malo y lo bueno. Siempre que en la escuela se ven chicos desastres, generalmente se le otorga la responsabilidad al aire que aspira en su casa. Yo de pequeña siempre fui media rara, pero bueno, vaya familia, como para no serlo. De mi hermano absorbí millones de cosas, entre ellas dos amores; el gran Velez Sarsfield y al grandísimo, Grandísimo con g mayúscula, Gustavo Cerati.
Supongo que conocerán la historia, pero un pequeño repaso no le hace mal a nadie; Gustavo Adrián Cerati fue parido en Buenos Aires casi con guitarra en mano. Músico, cantautor, compositor considerado de los más influyentes del rock iberoamericano y como un grande de la música argentina. Que tiene tantos.
La fama lo conoció al ser el vocalista, compositor y guitarrista de la banda Soda Stereo, exitosa por donde se la mire.
En la época donde no había internet y la música en una computadora era limitada, contaba con la disco grafía entera de Soda y ya con algunos CDS de él solista, luego de que se disolviera la banda, como por ejemplo el primero, Amor Amarillo. Recuerdo que era pequeña y ya sabía todas sus canciones y las cantaba y las compartía con mi hermano, era un amor enorme el que sentíamos por Cerati. No hay canción de él que no sepa, que no sienta.
Las veces que tuve el privilegio de ir a verlo lo hacía con mi hermano, era un pogo hermoso donde si bien había kilombo no había bardo y era un montón de gente del palo que se emocionaba tanto como uno al verlo en el escenario. Me acuerdo que mi hermano, que me llevaba más de dos cabezas, o tres, me abrazaba saltando para que no me golpearan ni me llevaran por delante. En otros no, claro, cuando era un poco más grande, pero igual lo vivíamos muy juntos. Eran momentos muy lindos. Creo que el último recital donde lo vi fue en Alcorta, si mal no recuerdo, hacía poco había fallecido la Negra Sosa. Cantó una canción en su memoria, de Soda Stereo, que hacía meses había regrabado con ella, Zona de promesas.
En fin. Ayer, quince de mayo, se conmemoraban cuatro años desde que Cerati está en trance. Un accidente cerebrovascular (ACV) lo dejó en coma y bajo respiración mecánica, luego de bajar del escenario en el último recital que brindó en Caracas, Venezuela.
Dentro del largo tratamiento millonario hubo muchos médicos que lo atendieron y lo siguen atendiendo, y en la última intervención quirúrgica uno de los facultativos dijo que "no volvería a ser el mismo".
Según uno de sus amigos, en una ocasión, el artista habría movido sus labios y su cabeza tras escuchar una de sus canciones propias.
Su mamá, Lilian Clark, hace cuatro años interminables que lo espera. Imagínense la desesperación y la tristeza de esa mujer y sus allegados; cuatro años en un sueño profundo sin mejoras ni bajas. Una pausa total. Un silencio abominable.
Ella, en la conmemoración de los cuatro años, dijo que por momentos sentía que su hijo, Gustavo, le agarraba la mano. Imagínense, otra vez, pero al revés, la esperanza. La esperanza, esa pequeña luz entre tanta espera. Tanta oscuridad. Hubo médicos que en su ocasión dijeron que esos "movimientos" no son más que reflejos del cuerpo en momentos casuales. Pero díganle a esa pobre madre que esa mano firme era un reflejo; que no era más que una ocurrencia tragicómica del destino, que no era una señal o un abrazo a la distancia.
Cada día de internación vale muchísima plata. Cada día de internación vale miles de lágrimas. Charly Alberti, compañero en Soda Stereo dijo, en estos días, que por momentos tenía ganas de darle una cachetada para que se despierte, otros; ganas de llorar. Hubo personas que opinaron que era mejor desconectarlo, y que siga finito a su muerte. Que ya no vale la pena. Que si despierta, sea ahora o en cuatro años más, va a ser una planta ya sin remedio ni vida. Pero para ellos hay una frase "todo lo que está enfermo, está con vida".
Otros, entre ellos, su madre, les vale más la esperanza, las ganas. Imagínense, otra vez, si ella llegara a decidir, tras la larga espera, desconectarlo; ¿no se ahogaría en preguntas que jamás tendrían solución?
"¿y si hubiera despertado? ¿y si fui yo quien lo mató? ¿y si hubiera esperado un poco más? ¿y si tan sólo mi bebé estaba durmiendo? ¿y si hubiera tenido solución? ¿y si ahora podría estar en mi regazo?
No se me ocurre qué es lo que pasa en la cabeza de Gustavo. No entiendo de medicina ni mucho menos de accidentes cerebrovasculares; pero sé que tampoco ni el más alto médico sabría decir si está muerto o está con vida; si está soñando o si está en pausa; si vale la pena o no, intentarlo.
Para mí, está imaginando canciones.
Todas las protestas, las que están dando que hablar a nivel mundial (también las causas casi perdidas) son solamente las consecuencias de la mala praxis gubernamental a lo largo y ancho del globo. Por años. Por votar (en los mejores casos) la mejor mentira. Lo que menos hacen estos engendros es representar al país en cuestión. Los ven en la calle y les mandan palos, parece que si no hubiera más de 10 muertes por problema, no se calentarían en dar solución aunque sea parcial a éste. Para ver qué pueden hacer dentro de unos meses, u años. Y no digo que esto sea un fenómeno actual; lo ha sido siempre, y espero, de corazón, que no lo sea más. Aunque la esperanza poco me pese.
Parece que las buenas, honestas, sabias y justas personas no tienen ganas de postularse en las elecciones presidenciales. Tal vez prefieran ser panaderos, médicos, o padres.
O no pueden, lo cual sería una buena respuesta, por que por lo general no están acompañadas de apellidos importantes, ni billeteras abultadas, contactos o ideales comprables. Lamentablemente a la hora de votar tenemos las mismas y o nuevas malditas caras que sólo pretenden representar sus intereses, en vez del de las personas, que es en realidad a lo que vendría su importantísimo puesto.
He leído a personas opinando que en Venezuela los que están en las calles son los de la derecha, como pasa también aquí en la Argentina, cuando se debate sobre diferentes protestas contra la presidencia. Para colmo, Cristina Kirchner habló de su solidarización con el modelo bolivariano (ponele) y el gobierno encabezado por el militar Nicolás Maduro. No vaya a ser que ésta se la esté viendo venir y quiera un aliado en el futuro. Nah. Además, en realidad esa "solidarización" no es más que una palabra diplomática y bonita para un socio de la misma rama grasa de política. Nada que la OTAN no pudiera prometer. Y lamentablemente cumplir.
No crean que siempre los que se quejan son los que no tienen nada por que quejarse, por que si en realidad fuera todo tan bueno y divertido estarían en sus casas mirando Breaking Bad en un SmartTV. Y si así fuera, eso no quita que haya otros motivos para poder salir a la calle y reclamar ese derecho a protesta que jamás debería ser quitado ni adulterado, enjuiciado o reprimido, siempre y cuando su protesta tenga validez a la hora de mostrar argumentos. Y juro que en la Argentina y en otros países que están condenados a los ideale$ deshonestos, sobran causas para hacer protestas y sus consecuencias son siempre las mismas. Muerte. Muerte ajena. A mí me han dicho de todo por no tragarme el cuento triste de este circo demagógo oligarka; gorila, cipaya (qué palabra más goma) pero VENDEPATRIA? AL CONTRARIO. Quiero tanto, tanto a mi país que me da bronca y lástima que un par de inoperantes sean tan operantes para su dinastía y poco eficaces para poner un puto tren a andar a su debida manera. Mintiendo. Codiciosos. Enfermos por la plata; por quedar como mártires, en las estampillas, en los cuadros y en las memorias frágiles. Pero aún más lástima me da el ejército de de focas odiadoras que tienen como patota al rededor, defendiendo a las personas que más vendieron su sentimiento al país, por un par de dolares en un paraíso fiscal. Haciéndola de cartón. Dejándola marchitar. Pobre Patria. Pobre gente. Pobres sueños.
Ucrania. ¿En Ucrania cúantos muertos van? 82 es el número de pérdidas en los enfrentamientos entre los manifestantes "opositores" (¿o simplemente despiertos?) y las fuerzas extremas de seguridad ucranianas. Se les fue irremediablemente la mano con la fuerza, el desastre y la bancarrota. Se recibieron en instituciones médicas al rededor de 656 heridos. El presidente se las tomó como De la Rúa. Rusia espera con tanques militares en las fronteras. Estados Unidos le pide que no intervenga. Cien policías ucranianos piden perdón públicamente.
¿Y los muertos? ¿Vuelven después del perdón? ¿Reciben alguna justicia?
No. En ninguna guerra. En ninguna protesta. En ninguna otra vida.
No hay otra. Y la perdieron por ensuciarse las manos, no como aquellos que sólo dan órdenes para ver al país caer.
La violencia. El ser humano violento. En las Fuerzas Armadas, hacia la mujer, hacia el niño: hacia la verdad, hacia la paz y la justicia. El ser humano violento es lo más parecido a un cavernícola. No diría a un animal jamás. No los merecemos. Miles de años de evolución para terminar como empezamos; pegando con palos, atrincherados o guerreros, con argumentos o un cegado fanatismo.
Por momentos pienso que el único requisito para ser presidente es ser ambicioso, buen actor y un gran, gran hipócrita, para poder irse a dormir tranquilo sin pensar en cuánta sangre se ha derramado en nombre de tanta Patria.
¿Y Siria? ¿No cabe en ella una generación de niños que nacieron entre bombas y no entre abrazos? ¿A caso a nadie le importa que se partan las infancias y las inocencias en dos?
¿Y en las tristes balas al aire de México nadie piensa?
¿A caso ya la ausencia de la violencia de la FARC es una causa perdida?
¿De repente en España todo este lío se torna "habitual"?
¿África siempre será un blanco comercial y un negro para vender?
¿Cesarán algún día las bombas en Palestina?
¿Y de Libia ya no se habla?
¿Y la dictadura coreana no interesa?
¿A caso estamos todos locos?
¿A caso todos somos cómplices silenciosos de estos fraudes patrióticos?
¿En realidad puede hacerse algo para cambiar, sin recurrir a la muerte?
A veces tengo miedo de dormirme y despertarme sin país.
Si en las democracias aún sólo sigue participando la aristocracia, cualquier voto será un atentado para el bien estar de la gente.
Los muertos siempre serán los nuestros, los de arriba sólo juegan al ajedrez.
Recuerdo que era libre hasta los huesos. Recuerdo que creía que iba a ser libre hasta el final. Era tan libre que ni siquiera tenia en cuenta lo libre que era. Era como un pájaro que siempre iba a tener algún rincón del cielo sin volar. Las cañitas de bambú como flautas y las piedras musicales como tamborcitos. No faltaba la música y sin embargo tampoco tranquilidad. Desde mi hamaca paraguaya se veía el horizonte y sobre el las nubes jugaban con sus formas y me hacían adivinar adivinanzas.
Me recostaba desnuda en el pasto a ver el recorrido en forma de abanico que hacia el Sol en el cielo. Con el, la gama de colores y el tiempo jugaban a cambiar a cada momento.
No había nada que se interpusiera entre mis ganas de realizar un deseo y la condición física del Universo; yo era aquella que tomaba largas siestas en balsas sobre el mar y paseaba a los perros en los aros de Saturno. Si la noche ya se hacia presente, la Luna se acomodaba para mi y me dejaba en su luz leer algunos cuentos que un día un árbol me dejo por ahí. No había nada que me recordara que todo esto iba a acabar; todo tenia un tinte infinito que hacia de mi boca una sonrisa, y a mis preocupaciones, pasajeras. Si algún día llegaba a saltar muy lejos de mi nube y no tenia que comer, al día siguiente crecía un manzano tan, tan alto que me rozaba las pestañas al despertar. Pero nada es infinito, y aquí estoy. No se que día paso esto, pues los números no tienen importancia para mi. Pero sucedió una mañana que me desperté y no estaba en mi acostumbrado verde y mi alto celeste; estaba en un gris angustiado y tenebroso. Abrí los ojos y me encontré dentro de cuatro muros y un anti-sol sobre mi. Parecía un lugar que prohibía terminantemente la entrada de mariposas y el sonido de las sonrisas. Estuve un tiempo intentando entender si estaba soñando y aun no había despertado, o si tal vez me había caído del mundo y termine en alguna dimensión extraña. Eso podía ser por que a veces los elefantes y la tortuga que sostienen al globito se balancean y eso es muy peligroso. Y seguramente yo en ese momento estaba en algún abismo de por ahí, retando a las alturas, jugando a ser mayor.
La cuestión empezaba a desesperarme; estaba desnuda, sucia y con hambre entre cuatro paredes y un techo. Tenia la impresión por momentos de escuchar voces que venían desde afuera. No las entendía, no hablaban con mis palabras. Pero lo que si notaba es que fabulaban y esperaban que hiciera alguna gracia, o no se. Como esperando algún comportamiento extraño o que al fin hiciera lo que ellos pretendían que yo fuera a hacer. Llego un momento en el que estaba tan vencida y desvanecida que sentía a las paredes aproximarse hacia mi y al techo aplastarme el tórax, creándome una especie de asfixia o claustrofobia. Cuando era de día se veía todo pero no había luminosidad; mi cuerpo me pedía un poco de luz, estaba como amarilla y con falta de brillo en los ojos. En el momento de anochecer, la pequeña habitación se tornaba insufriblemente oscura y fría, dejándome en un rincón, apagada. Mis pupilas se agigantaban con los monstruos que creaba mi cabeza por las noches. Jamas he visto un monstruo, pero esta habitación creo y saco lo peor de mi. Hasta busque si había alguna pared imperfecta con un pequeño agujero, para ver si por ahí podía llegar a ver pasar a una estrella fugaz. Pero siempre fue en vano. Todos mis esfuerzos, mentales y físicos, estaban agotados de las ganas de salir de ahí. No había forma, no había manera de ingeniarse nada, por que nada había allí adentro mas que lo que quedaba de mi.
He pasado 4 días y 4 noches sin dormir. Creo que un día de estos voy a morirme con los ojos abiertos. Con miedo, por que yo no se que pueda pasarme en el siguiente minuto. Por que yo no pensaba en esto antes de haber caído aquí. Soy un perro viejo en una oxidada perrera. Soy un hombre cansado en la ventana de un loquero. Soy una niña indefensa en la mas absoluta y ajena guerra. Soy un pajaro pequeño que alguna vez fue libre y hoy, solo penas le quedan. Tal vez este sea mi infierno, tal vez alguien quiere que muera en mi adversidad. El precio de haber sido libre, se paga con el recuerdo de haberlo sido.