12 abr. 2013

pintores anónimos

Hace poco tiempo tenía dando vueltas en la cabeza la idea de empezar a escribir algo más largo que una entrada de Blogspot, y más corto que el Quijote de la mancha. Había muchas historias que se me ocurrieron podía contar, pero había un tema que me llamaba en especial; ¿cómo es que el mundo funciona? ¿habrá un pájaro que le dé cuerda al mundo? ¿la ciencia descarta todo tipo de magia? ¿habrá algo/alguien que actúe para que ciertas cosas anden como deben andar? ¿se necesita a Tinkerbell y sus hadas para concluir una armoniosa llegada de la primavera?
Entonces fue cuando me planteé, haciéndo alusión al tema de Catupecu. ¿existirán esos héroes anónimos?

Obviamente no estamos hablando de la cruda realidad del mundo; esa donde un golpe fuerte te desvincula de la vida, o una tormenta deja sin casa a una ciudad casi entera. Estamos hablando del género literario del realismo mágico. Ese pequeño mundo donde cosas tan extravagantes y locas pueden suceder en cuestión de un chasquido, y sin ser cuestionada su veracidad. Ese género que resplandece y está tan bien representado por García Marques, Esquivel y Vargas Llosa, entre otros grandes latinoamericanos.
Sin duda es el género más lindo que puede haber, por lo menos para mí. Y es por ello que mi historia va a estar encadenada a la idea de que cualquier cosa puede suceder.
En fin, a lo que iba; los pajaritos de mi cabeza direccionaron mi idea de cuento hacia ese lado, y se me ocurrió una idea tan mágica y un desenlace tan trágico, como lo es la vida misma.

La historia se situaria en un lugar tan común como cualquiera, con personajes de esos que están a la vuelta de la esquina. Comenzaría con un protagonista tan cansado y desencantado de la vida que no encuentra mejor pasatiempo que espiar a sus nuevos vecinos.
Ellos no tienen nada en particular; ni sombreros extravagantes ni autos de alta gama.
Al cabo de unos días, nuestro protagonista comienza a sentir que hay algo en sus vecinos que no los hacen ser unos vecinos más.
Un dia, luego de varios días de una frustrada investigación (¿quién no tiene como deseo descubrir que sus nuevos vecinos son algo menos cotidiano de lo que parecen?) decidió saltar el muro de la incertidumbre.
Al ver que la pareja salió del hogar, el husmeador se aventuró al interior del hogar.
Como era de esperarse, no encontró nada comprometedor ni encantador; era sólamente una casa, igual a la de él, u otros vecinos de la cuadra.
Había algo en él que le llamó la atención cierta habitación de la casa; tenía una puerta rústica, vieja y cerrada. Bajo ella, se dejaban ver ciertos destellos que venían de la misteriosa habitación.
Luego de haber seguido husmeando la casa, encontró en un cajón el juego de llaves que abriría su imagiación.
Probó. Probó. Y probó.
Y encajó.
Y giró.
Y entró.

Vamos a ponerle un nombre a nuestro personaje principal (se me acabaron los sinónimos de la palabra "personaje").
 Francisco no lo podía creer; jamás había visto algo igual. Era un cuarto digno de una película de Harry Potter, el laboratorio del profesor Utonio  o la casa de la vieja  de Hansel y Grettel (corríjanme, si es que no se escriben así).
Posiones, colores, destellos y armonía. Era el sueño de algún pintor.
Jarrones gigantes y calderones eran los objetos que le daban forma y lugar a esos líquidos de colores vivos; rojo, verde, amarillo, azul, naranja...
¡Y los destellos! ¡Qué bellos! Bolsas y bolsas de pequeños cristales que podrían adornar el vestido de alguna princesa, o la corona de una reina.
Francisco pensó.
¿Una mini-fábrica de paletas gigantes?
¿Sería allí donde nacen los colores?
¿Serían ellos quienes pintan las flores del mundo?

Francisco nunca se equivocó; en esa casa pasaba algo grande. Algo ajeno a lo que acostumbramos.

Luego, al levantar la vista, vio en las paredes dibujos hechos como por un pequeño ser humano.
"¡Gracias por el arcoíris que hiciste para mi cumpleaños!"

En ese instante, fue cuando él entendió todo.
Y volvió a pensar...

En un barrio cualquiera, en un lugar random del mundo, había alguien que le daba color a la vida sin pedir nada a cambio. Ni siquiera reconocimiento. ¿O acaso alguna vez escuchaste del gremio de los Creadores de Arcoiris?
Y no estoy hablando del creador de una red social o el de un juego para celulares, estoy hablando de personas que se encargan de que luego de cada tormenta, haya un arcoíris para disfrutar. Un pincelazo en el cielo que nos deja como moraleja que, luego, siempre llega la calma.

Los pensamientos de Francisco fueron interrumpidos por el ruido que hace alusión a una puerta abriéndose. Eran ellos.
Rápidamente tomó su campera y voló. Bah, en realidad, volvió a saltar aquella minimuralla que separaba su aburrida vida de un paraíso de pintores.





Al día siguiente de lo sucedido, nuestro pequeño amigo se da cuenta de algo tan trágico como mundano; sus vecinos, aquellos seres tan llenos de magia, fueron sorprendidos por tres bandidos que sólo querían llevarse la cartera de la mujer. Eso era lo que valía para ellos la vida de dos personas; una cartera que, seguramente, no tendría ningún valor aparente. (esta parte de la historia seguramente te parezca tan cotidiana como a mí)


Y allí terminó el sueño. Desde ese momento, nuestro planeta les dió el Adiós y el pésame a unos de los tantos héroes anónimos.
Y a los arcoíris, que seguramente tiempo después, formen parte de historias que abuelos le cuenten a sus nietos para poder dormir tranquilamente, por que nadie habría de darle pelota a una historia tan loca como la de Francisco.

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