25 abr. 2014

  Amores ciegos



Aunque muchos crean en lo personal lo opuesto, la vida de contador para Jigueró Rafael Alcorta era sumamente atractiva. Los números, que siempre eran los mismos; la secretaria, que como siempre es atractiva; el café  y el escritorio,  le daban un aire de comodidad y tranquilidad que sólo lo podría apreciar de esa manera una persona con carencia de imaginación, autenticidad y dinamita en las venas. Jigueró Rafael Alcorta vivía en el centro de la ciudad de Gotia, al sur de Teconoté, desde que era muy pequeño y creyó que ese iba a ser su destino en la vida; trabajar en un escritorio con café,  secretaria y  números. Jamás imaginó algo diferente. O tal vez sí, pero dejó de imaginarlo al instante. Su padre, tal vez sea esa la respuesta, lo abofeteaba de pequeño cuando al no hacer su tarea se ponía a tararear una canción de la radio o se escapaba al inmenso y verde jardín, a ver si veía a su abuela que como estrella lo miraba desde el cielo. 

Los Alcorta vinieron de las Islas Canarias a situarse en Gotia por dos razones; el padre de Jigueró Rafael, Ernesto Segundo Alcorta, no toleraba más el canto de los pájaros. Y tampoco a su mujer. Era un hombre, imagínese, aún más aburrido que Jigueró Rafael Alcorta. Cuando se casó con su señora,  Ernestina Guerrea y fueron a vivir al  palacete de la familia Guerrea, mandó a quitar todos los reloj cucú y trasladó el aviario a otra parte de la mansión, casi sin pedir permiso, para no escuchar a esos jodidos pájaros cada mañana, y en cada oportunidad del día.
Pero esos días terminaron para los Alcorta y, gracias a los santos pájaros y a una infidelidad, los Guerrea vetaron de la vida de Ernestina a Ernesto Segundo Alcorta y éste se mandó a mudar a Gotia, llevándose al niño, que pobre, era tan sólo un retoño. Zarpó un barco a la lejana Gotia y Ernesto Segundo emprendió la nueva vida junto a su pequeño discípulo.
La vida de contador de su padre hizo que Jigueró Rafael no tuviera muchos tiempos amenos con él; por lo general de él cuidaba la mucama, Julieta, que si bien no andaban bien de dinero necesitaban una mujer en la casa. Cosa de machistas, también. Solo se le  ocurriría lavarse su propio calzón, o al menos hacerse el desayuno en otra dimensión, siendo una persona diferente. Era soberbio, viejo y enroscado; siempre quería tener la razón y que sea sólo su opinión digna de respeto en una reunión. Siempre después del arduo trabajo pasaba Ernesto Segundo Alcorta por el bar próximo al trabajo a tomar algunos whiskys con sus compañeros; para hablar de las tetas de las empleadas del estudio contable, para hablar de las de las meseras y cómo no, para reírse de su antigua mujer. Nunca faltaba ese momento; se lo hacía saber todo el tiempo al pobre Jigueró Rafael. ¡Qué recuerdo le habrá quedado! ¡Su madre era una santa! El maldito era su padre, que siempre blasfemeaba.
Pasó el tiempo ¡y qué diferente hubiera sido si Jigueró Rafael hubiese quedado a cargo de su madre! Habría podido tararear todo lo que él quisiera; hubiera cuidado el jardín de la mansión a tiempo completo, escuchando el hermoso canto de un jilguero. acompañado por los canarios, el pinzón azul, y cuanta ave se le ocurriera. Pero ya cuando Jigueró Rafael Alcorta se preguntó qué tan diferente hubiera sido su vida, había pasado mucho tiempo. El ahora molesto ruido de la calculadora y los papeles de la oficina lo atareaban tanto como un reloj que no cesa. La secretaria se venía vieja y el café ya no tenía gusto a café, si no a sólo algo caliente que mojaba sus labios y caía por la garganta.
Julieta aún trabajaba en la casa de los Alcorta y con el tiempo sus arrugas maduraron; tenía el cabello cansado y la mirada perdida. 
-¿Qué ocurre, Julieta? ¿Qué te aqueja?- preguntó Jigueró Rafael, que de vez en cuando se mostraba humanitario y preguntaba cómo estaban las personas, en vez de cuánto tenían en sus cuentas.
-Mi madre, ocurre. La veo tan sola y tan consecuentemente independiente que me produce escalofríos; la veo tan grande y tan pequeña que no entiendo qué hago aquí trabajando sin estar al lado de ella.
-¿Qué le ocurre a tu madre? ¿Por qué te aqueja?- respondió Jigueró Rafael, casi repitiendo sus palabras como un autómata.
-Ella no ve, desde que tengo memoria que no ve. Y sin embargo es una mujer fuerte, pero yo sé que llora. Que no ve a mis hijos, no ve las mariposas; que nunca vio la inmensidad del Machu Pichu; que nunca vio un cuadro de Picasso; nunca verá la sonrisa de sus nietos, o la mía, cuando de su casa se abren las puertas y nos invita un bizcochuelo y algunas anécdotas.
-¿Pero a caso piensas que por que no ve, no siente? 
-No, no quise cosificarla; ¡pero se pierde tantas cosas!
-Bueno, también evita así ver mucha tragedia. Uno no anda todos los días en el Machu Pichu ni mirando un cuadro de Picasso o una petunia; ella no ve los chicos que mendigan en las calles, las malas noticias de los diarios o lo sucia que está la acera. La vida es trágica, Julieta. Y te lo digo yo, que tengo siempre tengo todo calculado. 
Jigueró Rafael Alcorta era un tipo que pisaba los treinta casi sin haber estado con una mujer. La hubo, claro, pero sólo fueron tontas que querían decir sólamente que salían con un contador. Laureana, una de esas pocas, le rompió el corazón hace tanto tiempo que casi ni se acuerda él, aunque, bah, eso es lo que él me dijo. Yo no le creo. 
Jigueró Rafael Alcorta era un hombre flaco que casi bailaba sólo por haber viento; una nariz que era de las peores jamás inventadas por Dios y unos dedos largos que, si hubiera querido ser pianista, su padre se  los hubiera cortado. 


Este fue el pie para que la vida de Jigueró Rafael Alcorta cambiase por completo. Un día, casi en un destello de dinamita en sus venas, decidió hacerse un espacio del estudio contable y trabajar a medio tiempo, para dedicarse a hacer algo más productivo en su vida que organizar un par de tontos números. Decidió, y mire usted que para que Jigueró Rafael Alcorta decidiese algo en su vida debería haber pasado por una iluminación gigante, trabajar para la madre de la bella Julieta. Por unas pocas monedas, nada más, él no quería dinero ni mucho menos. No lo necesitaba. Julieta estaba todo el día en la casa de él cuidando y limpiando la casona para que cuando Ernesto Segundo volviera tuviera todo en su lugar. Y Jigueró Rafael, que decidió cambiar un poco su rutinaria vida, quiso acompañar a la madre de Julieta en sus días atípicos de una persona ciega. 

Luego del trabajo, a veces algo cansado,  iba a la humilde y hogareña casa de María Azucena Bertó para ayudarla con sus quehaceres; organizaba su ropa en la tarde noche para que le fuese una tarea más aliviada escoger qué ponerse a la mañana; organizaba minuciosamente los cuchillos y los utencillos de cocina que siempre debían estar en su lugar con el mango grueso a mano. Agregaba frutas troceadas en la nevera en tapers escritos en braile para que ella pudiese comer manzana apenas llegara del trabajo. María Azucena Bertó era masajista en un centro estético que era el único en la zona de Gotia, aunque ella vivía en Teconoté. Pero en Teconoté no había nada, era una especie de pueblo fantasma cerca de una gran ciudad, donde vivían los poco asalariados empleados de las grandes y pequeñas cadenas de negocios.
María Azucena Bertó era una mujer de casi unos cincuenta años que se mantenía muy bien. Tal vez tenía razón Jigueró Rafael; al no ver tanta tristeza tal vez se haya ahorrado algunas canas y algunas malas muecas. Cada vez que Jigueró Rafael peinaba su cabello se olvidaba de sus años y sentía que el peine se enredaba por haber tantas mariposas navegando en sus cabellos; eran azabaches y llegaban hasta un poco más de los hombros; unos ojos grandes y una pequeña nariz situada en una tez trigueña muy hermosa. Las arrugas que más se le notaban eran esas que salen al rededor de la boca después de tantas sonrisas. Eso era lo que a Jigueró Rafael lo volvía loco; no entendía cómo después de perderse tanta vida, pudiera tener  arrugas de sonreírle a la perra vida, que la dejó ciega, vaya uno a saber por qué.
María Azucena Bertó aclamaba muy a menudo con su pequeña boca que ponga la radio bien fuerte por que necesitaba sentir la música, esa música que le recordaba que si bien era ciega también podría ser sorda.
Jigueró Rafael Alcorta encontró tanta vida en cada una de sus palabras que decidió dejar de ser su acompañante para acompañarla de verdad. Se había enamorado de una mujer muy mayor, pero muy pequeña también, como decía Julieta; era una mujer tan llena de niñez que su alma desbordaba en cada cosa que hacía y a nadie le importaba que ella ver no podía. 
En  la casa que ya compartía con María Azucena Bertó  yacían las plantas que le recordaban a un pasado muy lejano donde en Las Islas Canarias crecían todo tipo de arbustos y vegetación; cada flor era inmensa y a veces aparecían algunos pájaros, que jugaban con él y lo invitaban a ver el atardecer colgados del tronco de un árbol. Jigueró le regaló un reloj cucú para el primer aniversario de toda esta travesía.
Lo volvió loco a Jigueró. 
Jigueró se volvió loco por ella.
Quedó ciego de tanto amor.
De tanta belleza.

8 comentarios:

  1. Ojalá fuera tan fácil, ahora todos ven, no queda nadie ciego (ni de amor)

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  2. Qué hermoso hermoso hermoso Belu! Me encantó. Esa mujer sabía ver aunque no pudiera mirar. Y el final remató.
    Un placer leerte. Abrazo enorme

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    1. qué linda, gracias <3 en realidad me hubiera gustado hacerlo más largo, tipo una mini-novelita, pero bueno, se me ocurrió en el momento y seguí y la achiqué así.
      gracias :)

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  3. Gran relato.
    Joder, que bien escribes.

    Yo de pequeño quería trabajar en con números y un gran ventanal a través del cual ver caer la lluvia y sentirme protegido.
    Sabía incluso la empresa.
    Eran las oficinas de Schweppes.
    Envidiaba a los administrativos que veía tan ricamente sentados en sus mesas...

    Luego el mundo entero se hundió.

    Pero cuando nadie me ve sigo calculando mentalmente de forma rápida y precisa.

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    1. muchísimas gracias!
      Qué rica es la Schweppes! (no sabía cómo se escribía, para mi siempre va a ser shwreps jajaja, como suena)
      seguramente si así no se dio, es por que algo mejor te deparará :) pero nunca dejes de focalizar tus objetivos!

      besos :)

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  4. Larga vida a los Alcorta del mundo...

    Saludos

    J.

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