18 jun. 2014

Alfonsina y su amor

La tristeza le cortó las venas a Alfonsina, cuando el comisario del pueblo tocó a su puerta con un terrible anuncio fatal. Rafael, quien era su esposo hacía ya diez años y tres meses, había fallecido en un accidente de tránsito, cuando un automóvil fue robado por un borracho. Éste cruzó un semáforo en rojo, siendo perseguido por las autoridades, donde el peón, identificado como Rafael Ignacio Bruela, aprovechaba para cruzar la calle transitada que segundos después estaría enchastrada con su propia sangre.
Alfonsina no podía creerlo, y como no podía creerlo, no lo creyó. Cerró la puerta  de un portazo digno de quien no llama las cosas por su nombre,  y dejó al uniformado con su pésame hablando solo en el pórtico de su morada. Al cerrarla,  puso la tranca y  jamás volvió a abrirla para ninguna otra ocasión. Nunca nadie volvió a tener noticias sobre ella.
 Inmediatamente, y aún sin pestañear, aún con el alma en las manos  y los ojos perplejos y grandes como huevos, corrió a su alcoba con un cuaderno, una pluma y un tintero, y se encerró por un mes entero para cambiar el destino de esta triste historia.
Durante ese mes de marzo no salió de esas cuatro paredes; se dedicó a escribir y a escribir, con lujos de detalle que ella no tenía previstos encontrar en su memoria, la autobiografía de su vida enlazada a su ardiente amor.

Recobraron vida los recuerdos de su infancia en la lejana España que estaban dormidos bajo el manto bordado del paso de los años. Recordó su adolescencia en un viejo y estructurado colegio católico de Andalucía, donde sus padres querían que su modelo a seguir fueran las viejas y santurronas monjas de la institución.
 Allí conoció a Arnaldo Abellán, el guapo ricachón con quien conoció los besos secretos y las pasiones, aunque, en realidad, tiempo después supo que esos no eran besos ni esas eran pasiones. 
Los amoríos con Arnaldo Abellán duraron poco pero quemaron mucho en el corazón de Alfonsina. Luego de haber terminado el colegio se encerró en su casa por que Andalucía entera sabía de sus exuberantes cuernos.
Luego de ese mal tiempo, una prima con la que mantenía cartas la invitó a vivir a Buenos Aires, donde meses después, Alfonsina  recobraría su aura jovial y buen espíritu al olvidarse de ese cabrón.  Arnaldo Abellán la engañó con una de sus íntimas  amigas de la escuela católica, a quien Alfonsina se encargó de difamar y maldecir antes de su viaje a Buenos Aires en cada bar de mala muerte, donde la consagraba a la traidora amiga como la más puta de toda España.
Al llegar a la Argentina, vivió con su prima Matilda y su marido Rubén Castaño, que la bien recibieron y hospedaron desde el principio en su casona blanca de estilo italiano en el conurbano, donde no solo vivían entonces los peones que viajaban para trabajar hasta la capital y el puerto, si no que también estaban empezando a florecer las bellas y elegantes propiedades en el centro de los pueblos y ciudades periféricas, que empezaban a tener importancia. La casona estaba cerca de la estación del ferrocarril, de la Plaza Central y la calle principal de los pocos comercios que había por entonces.
En aquella época era una costumbre que las muchachas solteronas madrugaran para ir a la cazería; se colgaban sus mejores perlas y se ponían sus pollerones para ir a engatuzar a los empresarios que a las siete treinta de la mañana esperaban el tren matutino en el andén de la estación. Matilda convenció y alentó  a Alfonsina para que fuera a conseguir un buen partido, no porque su presencia en la casa le molestara, si no por que quería ver revolotear mariposas enamoradas en el estómago podrido de odio de su bella prima.
Alfonsina fue una única vez a la estación de tren, obligada y sin esperanzas, y no vio allí más que un montón de hombres trajeados queriendo parecer interesantes, con sus maletines y zapatos lustrados. Detrás de ellos, casi formando filas y sacando números murmurando como cotorras, vio a todas las hermanastras de la Cenicienta que buscaban desesperadas a un príncipe azul o a un héroe, para que las destierren de la miseria, de valerse por sí mismas, la soltería o la prostitución.
A Alfonsina le dieron náuseas. No era ese tipo de mujer tonta de época. Al salir de la estación, con la mirada cansada de tanta hipocresía, se dirigió al café que había enfrente de la estación ferroviaria y no se percató en ningún momento que durante el trayecto un hombre la estaba observando de pies a cabeza, desde que salió de ese vulgar andén hasta que llegó a la vereda de enfrente.
Le regaló una flor. Era el dueño del puesto de flores más concurrido del encaminado pueblo. Era un hombre atractivo pero a la vez corriente, tenía aires de latino y de buen mozo, moreno, alto y con un torso que bien podría servir como un refugio para una asustada muchacha o como un escudo de acero contra cien flechas en una batalla.
Pasaban los días y ella fingía no tener café en la casona para poder ir al bar cercano al puesto de flores, sólo para fingir, otra vez, leer el periódico mientras veía como aquel hombre se esmeraba bajo el rayo del sol, sudado, para que sus flores estén siempre frescas y presentables.
A medida que pasaban los días, cambiaron el típico "Buenos días" desde aquella flor y las conversaciones formales de dos personas que se conocen de vista pero que en realidad no se conocen, para tener algunas charlas más largas e incluso despreocupadas de todo tipo de cordialidad.
 Una vez él se atrevió a regalarle una simple y hermosa flor de papel hecha con sus propias manos  y se excusó <Éstas duran para siempre>. 
Así fue, que su amor también comenzó a ser eterno.

Las visitas al local de las flores pasaron  a ser citas en la plaza donde jugaban a las damas chinas  y compartían momentos de risas mientras ella aprendía el nombre de todas las flores habidas y por haber, y él, conocía la España como si hubiera salido alguna vez de ese pueblo perdido en el naciente Buenos Aires.
El amor floreció tanto que la sonrisa ya no entraba en el rostro de Alfonsina y tuvo que conseguir un rostro más grande. Todos los días a la mañana, se despertaba ella cantando y agradeciéndole a Dios y se dirigía  al local de su hombre de espaldas grandes que despertaba temprano para ir allí a despertar a las flores. Pasaban la mañana charlando y comentaban sobre lo que leían en el periódico y los chusmerios de la estación, el café y la plaza. 
Los besos de Rafael Ignacio Bruela eran los que ella había soñado tener siempre posados en sus labios; dulces, calientes y sinceros.
Llegado el momento de plena confianza fueron a vivir juntos en la casilla donde Rafael Ignacio Bruela vivió desde que tenía uso de la memoria. Allí pasó Alfonsina los mejores años de su vida; acurrucada en su enorme torso, poseída por su angélica sonrisa. A él le gustaba tanto que la retrató, entre risas, en varias ocasiones desnuda. Sus pestañas largas y arqueadas acompañaban esos ojos color miel que lo volvían loco; su cabello largo y enmarañado perfumaba sus sábanas blancas; su cara al despertar era una prueba de que Dios existía y aún se disponía a hacer milagros en esas tierras. Recorría sus caderas con la yema de los dedos aún cuando ya las sabía de memoria, pero sorprendía una y otra vez al descubrir que los lunares cambiaban de lugar y le enseñaban algún pedazo de piel suave perdido.
 Le gustaba hacerle trenzas para luego des hacerlas y ver su cabello ondulado. Y siempre y cuando le sobrara dinero, hacerle un camino de flores por toda la casa hasta el sitio donde él había colocado un obsequio para su amada concubina.
Peleaban como perros y gatos y cojían como conejos; cuando volaban las mesas y las sillas era cuestión de esperar tres horas y treinta minutos para verlos a los abrazos besándose todo el cuerpo, recuperando el tiempo perdido.
Fue tan explosivo y duradero el intenso fuego de ese amor, que vivieron los diez años y tres meses como si sólo hubieran sido tres meses apasionados de relación.

Así fue al comienzo y siguió hasta el final. Cuando Alfonsina escribía detalle por detalle  los diez años y tres meses que duró la relación con Rafael Ignacio Bruela, sólo omitió un detalle que fue, para ella, el desencadenante de la tragedia del borracho y su flamante amante. 
A mediados de julio, vaya uno a saber exactamente de que año, Rafael Ignacio Bruela recibió una invitación para formar parte de un vivero que sería el primero en la zona, tan grande y verde como un árbol centenario, a unas ocho cuadras de la estación ferroviaria, por sobre la calle de los comercios.

Alfonsina cambió la historia escrita e hizo que su hombre siguiera siempre trabajando  en el puesto de flores para nunca acabar teniendo que pasar por aquella calle que luego se entintó de su sangre. De esta manera, el nunca habría tenido que  caminar las ocho cuadras de las calles  de los negocios y del destino, y así nunca hubiera  muerto a manos de un borracho perseguido por las autoridades locales.
Así fue que al terminar de reescribir la historia, bajó de su alcoba matrimonial y volvió con los quehaceres de la casa, que eran muchos por que Rafael Ignacio Bruela era muy desorganizado. 
Asó un pollo y cocinó en el horno unas papas mezcladas con cebollas y morrones rojos. Exprimió unas naranjas para hacer el jugo que tanto le gustaba a Rafael Ignacio Bruela en la mañana y el mediodía. 
  



6 comentarios:

  1. Me ha gustado la historia con sus pequeñas perlas enquistadas como esa sonrisa que no cabe en la cara de quién la lleva, o esa protección que busca ella en él, un hombre atractivo pero corriente o sus peleas como perros y gatos y su pasión de conejos... Pequeños detalles para un gran relato. Buenísimo.

    ResponderEliminar
  2. Me ha gustado venir a leerte, es cuando se agradece el insomnio.

    ResponderEliminar
  3. El mundo gira alrededor de Alfonsina y de momento no le ha ido mal.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. una pequeña chispa cambia toda la situación de las historias, como en la vida real.

      Eliminar