23 jun. 2014

Un diario inexistente (II)

Por Paulo Coehlo

La importancia de dejar en claro desde qué lugar se habla, el coraje como herramienta de cambio y la oportunidad de compartir el alma con otro.


-Melbourne, Australia-

Subo al escenario con la aprensión de siempre. Un escritor local, John Felton, me presenta y comienza a hacerme preguntas. Antes de que pueda concluir mi raciocinio, ya me interrumpe haciéndome una nueva pregunta. Cuando respondo, comenta algo del tipo "esta respuesta no ha sido muy clara que digamos". A los cinco minutos, se percibe un malestar entre el público. Recuerdo a Confucio, y hago lo único que se puede hacer en tal circunstancia:
-¿Te gusta lo que escribo?
- Eso ahora es irrelevante. -responde- Además soy yo quien pregunta.
-Es muy relevante, ya lo creo. No me estás dejando terminar mis argumentos. Confucio dijo: "Siempre que sea posible, debes ser claro". Vamos a seguir este consejo y dejar las cosas claras. ¿A tí te gusta lo que escribo?
-No, no me gusta. Sólo leí dos libros, y los encontré pésimos.
-Bien, ahora podemos seguir.
Los campos estaban definidos. El público se relaja, el ambiente se carga de electricidad, la entrevista se transforma en un verdadero debate, y todos -Felton incluido- terminan satisfechos con el resultado.


-Melbourne, Australia-

Me encuentro con Colin Wilson, hoy un autor consagrado. Conociendo el tema de mi nuevo libro, él me recuerda un texto que escribió, relatando su intento de suicidio a los dieciséis años:
"Entré en el laboratorio de química de la escuela, y tomé la redoma de veneno. Lo vertí en un vaso delante de mí, lo miré bastante, me fijé en el color, e imaginé el sabor que tendría. Entonces acerqué el ácido a mi cara, y sentí su olor. En este momento, mi mente dio un salto al futuro, y yo pude sentirlo quemando mi garganta, y abriendo un agujero negro en mi estómago. Me quedé durante un tiempo sosteniendo el vaso en mis manos, saboreando la posibilidad de la muerte, hasta que finalmente me dije: si tengo el valor para matarme de una forma tan dolorosa, también tengo el valor necesario para seguir viviendo".

6 comentarios:

  1. En algo tiene razón Coehlo. ¿Por que el entrevistador tiene que gustarle todo lo que hacen sus entrevistados?

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  2. El tal Felton, además de envidioso, es un grosero.

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  3. A uno nunca le gusta lo que escribe y no entiende como es que les gusta a los demas.


    Saludos

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