25 jun. 2014

El amor en los tiempos de guerra


Managua, enero  de 1979

A mi querida Elena:

Aquí el calor me abraza como si fueran sus brazos, ¿o será que ya me estoy  volviendo loco?. Perdí el son de los días pero se con firmeza que en esta semana fue mi cumpleaños. Cuarenta y cinco, ni más ni menos,  es una cifra detestable para quien cree que el mundo es hermoso pero a la vez ajeno. Si usted me ha mandado cartas, lamento decirle que no han volado o que les han cortado las alas. El somocismo está pudriendo Nicaragua hasta los huesos, vuelan estos bárbaros como buitres sobre el  cadáver de lo que queda de mi amada Nicaragua. 
Anduve estos días en expediciones fronterizas que me han dejado apagado y debilitado; ¡los mosquitos y otros insectos parecen ser unos contrarevolucionarios!. Parece que la dinastía Somoza no termina nunca; ¡Malnacidos los Somoza! ¡malditos todos, los dictadores, los zancudos, malditos los Estados Unidos y la madre que  parió a todos estos brutos!

En estos cinco años siento que envejecí todo lo que habría de envejecer en el futuro; las grietas de mi rostro van hasta la raíz; la tristeza honda de mis huesos. Pero debo darle a usted las gracias. En las mañanas, cuando aún vuelvo de los sueños con sus besos, yo me siento a veces con veinte años, tan tonto y tan crédulo, ¡tan esperanzado como entonces! Aunque son los signos físicos los que me llaman a la realidad; las piernas se cansan más rápido, me enfermo más seguido,  y las armas a veces quedan sin balas. Y aunque me fusilarían mis compañeros por escucharme decirlo, la esperanza a veces se desgasta. Pero aquí yo sueño con los ideales del general Sandino y de todos nuestros muertos, que no se han ido en vano. Sueño con usted a la lejanía de los fusiles, con sus brazos tibios y contenedores, abrazándome en una Nicaragua libre y democrática.
¿Algún día sabremos dónde han dejado descansar el cuerpo del general Sandino? Todo mi querido Caribe explota, pero veo en el horizonte, por la pequeña mirilla, a la esperada Revolución. 

Lamento no tener más que todas estas lágrimas y rabias escondidas del alma, pero hacía mucho no conseguía escribirle algo. No tenemos las cosas fáciles aquí. Me gustaría algún día recibir alguna carta, aunque sea por medio del Espíritu Santo. Y ya que lo menciono, podría usted  rezar por nosotros, si es que aún Dios existe; y si usted lo conoce; cuéntele de Nicaragua.


Con esperanzas de volver a verla, 
Su Julián. 

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10 comentarios:

  1. Nicaragua, no quieren que tu voz
    por la selva camine sin parar
    y otro grito se apreste a acompañar
    a ese canto que tanto se esperó.

    Nicaragua algo me hace recordar,
    Nicaragua algo me hace revivir;
    Nicaragua también me hace pensar
    que ya es suyo seguro el porvenir.

    ¡Nicaragua!

    Pablo Milanés

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  2. Ay, amiga mía, esa tristeza en los huesos es la que más duele porque afecta a la impotencia, al sentirte desolado por no poder hacer más, porque nada depende de ti mismo...

    Yo te preparo el café, no quiero que te quedes con las ganas :))

    Un abrazo, Belén.

    Verónica

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    1. la impotencia de la guerra es tanta...
      gracias! con tres de azúcar, por favor .
      :)
      abrazo para vos preciosa!

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  3. Ante algunas situaciones te ves tan impotente, que notas hasta como los huesos se resquebrajan.

    Besos.

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    1. ahí es cuando los huesos son blandos...

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  4. Mira que escribes bien...
    Es como si los conociera.
    Me resultan cercanos.

    Besos.

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    1. gracias, con tanta bomba debe haber muchos amores y cartas así.
      :)

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  5. Qué bueno que hayas hecho otro de esos relatos tan buenos. En este has dibujado la impotencia como si la sintiera en primera persona.

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